Al menos una vez al año, no hay miradas indiscretas, ni gestos de compasión. Sino ganas de divertirse y de reír hasta que duela el estómago, sin que a nadie le sorprenda que algunos bailen en sillas de rueda y otros con bastones blancos. Ayer, en víspera del inicio de la primavera, un boliche top de Yerba Buena, se llenó de chicos con capacidades especiales y anticipadamente celebraron el Día del Estudiante. Hoy lo hará toda la juventud de Tucumán. La rotonda del pie del cerro y el parque 9 de Julio son los escenarios clásicos y más concurridos del festejo.

Desde hace siete años consecutivos la Federación Regional de Asociaciones de Ayuda al Insuficiente Mental (Frasim) del NOA, cumple el sueño de los jóvenes con capacidades especiales de tener su fiesta propia, con todo lo que debe tener: máquina de humo, luces de colores, lluvia de estrellas, videoclips, globos y un disc-jockey que les consiente todos los gustos en materia de música. Ayer lo que más sonó en Recórcholis, el boliche que queda sobre la avenida Aconquija 1700, fue la cumbia.

En la pista no cabía un solo alfiler. Leonardo Aro, de 20 años, mira el espectáculo desde su silla de ruedas. "No es que no me guste bailar -aclaró-; sólo que prefiero los temas lentos".

En realidad, de la cintura para arriba, Leonardo supera a cualquier persona en musculatura y motricidad, virtudes que supo explotar muy bien como atleta y nadador desde la institución "Entrenados por la vida".

Johana, una joven de 15 años, con Síndrome de Down, bailaba sola, embrujada por la música, a un costado de la pista para que nadie la moleste. María Lourdes, muy parecida a su compañera y casi de la misma edad que Johana, reconoció que es tímida, y que a ella no le gusta bailar. Sin embargo, no siente vergüenza al salir a la calle a vender la revista Capacitados.

Sándwiches y gaseosas
Olga Timo de Jamroz, presidenta de Frasim, calcula que participaron más de 1.600 chicos desde adolescentes en adelante, de 44 instituciones diferentes, dedicadas a discapacidades diversas. En la fiestas no faltaron los sandwiches, las gaseosas, los alfajores, un concurso de la reina y el rey de los estudiantes, payasos y animadores en general. Un grupo de alumnos de la pastoral de la Unsta, a cargo de Roberto Mosqueira, y adolescentes de los colegio San Patricio y del Pellegrini ayudaron en todo momento.

A los arrumacos, Santiago Saladitris, de 35 años, y Graciela Gallardo, de 22, contaron que son marido y mujer. "Nos conocimos en Cotapro. Al principio, yo no le llevaba el apunte, pero después me gustó", confesó la joven que vivió durante muchos años en el hogar de las Hermanas Adoratrices. Santiago, egresado de Impea, está contento porque aprendió a hacer artesanías. Los dos viven solos, con la pensión por discapacidad de él, lo que recaudan por la venta de adornos y la ayuda que reciben de sus familias. "Es como un cuento de hadas. El es mi príncipe azul", dijo ella risueña y con picardía.